Hay un tipo de residuo que la industria de distribución alimentaria gestiona con resignación. No es peligroso. No es difícil de transportar. Pero no tiene salida comercial y su coste de gestión crece cada año.
Son las mermas de distribución.
Frutas y verduras que no llegan a góndola porque no cumplen el calibre o la especificación visual. Yogures que se acercan a la fecha de caducidad antes de llegar al lineal. Partidas de leche retiradas por cambio de etiqueta o error de lote. Panadería que no se vendió a tiempo.
Para quien las genera, son un gasto. Para Tuero Medioambiente, son materia prima.
Todo ese flujo: mezclado, heterogéneo, con envases en algunos casos, tiene algo en común: una alta concentración de materia orgánica fermentable. Exactamente lo que necesita un digestor anaerobio para trabajar.
El proceso es directo. La materia orgánica entra al digestor. Los microorganismos la degradan sin oxígeno. El resultado son dos cosas: biogás, que se purifica a biometano, y digestato, que se aplica como fertilizante orgánico en sustitución de NPK sintético. Nada termina en vertedero. El orgánico no se pierde: se convierte.
El gestor deja de pagar por un problema y cierra una obligación regulatoria que ya no puede ignorar. La Ley 7/2022 de residuos y suelos contaminados establece objetivos de preparación para la reutilización y el reciclado que afectan directamente a la distribución alimentaria. El vertedero ya no es una opción sostenible, ni económica ni legalmente.
En Tuero Medioambiente llevamos años trabajando con distribuidores, plataformas logísticas y cadenas de supermercados.
Si distribuyes alimentos y las mermas son un coste creciente, hablemos de lo que podemos hacer con ellas.



